La Habana Vieja, Patrimonio de la Humanidad, concentra cinco siglos de historia en sus plazas coloniales: la de Armas, la de la Catedral, la Plaza Vieja. Entre palacios restaurados y solares con la ropa tendida, la vida transcurre al ritmo del son que sale de cada bar, con el mojito de La Bodeguita y el daiquiri de El Floridita como paradas obligadas. El Malecón, ocho kilómetros de muro frente al mar, es el salón de la ciudad: pescadores, músicos y enamorados se citan allí cada atardecer.
Un paseo en descapotable americano de los años 50 por el Vedado, una visita a la fábrica de tabaco o una noche en la Tropicana completan la experiencia habanera. Y a dos horas y media, el valle de Viñales despliega mogotes y plantaciones de tabaco que parecen pintados a mano.